Mi síndrome lingüístico a lo doctor Jekyll y míster Hyde

Todo lo que tiene que ver con el lenguaje me apasiona. Cuando camino en la calle, me encanta pescar trozos de conversaciones ajenas y observar lo que se dice, cómo se dice, qué palabras o fórmulas se eligen para expresar ideas o sentimientos; el tono, la pronunciación, los gestos. Hablar dice tanto de nosotros, de nuestra identidad, origen, trayectoria de vida, etc. Estas reflexiones, que me acompañan a lo largo del día, las hago sin el propósito de juzgar o determinar qué es correcto o no (como solía hacer cuando era más joven y creía que la lengua era propiedad de élites y academias, y nosotros, mortales receptores de un mandato). Me causa fascinación y asombro la habilidad que tenemos de comunicarnos (¡todo tipo de cosas!) articulando sonidos con la boca. El inadvertido milagro que es el lenguaje humano.

También me apasiona mi trabajo porque trabajo con palabras. He traducido, corregido y editado todo tipo de textos, documentos corporativos y de mercadeo, manuales de productos, textos literarios, obras de teatro, entre muchos otros. Mi trabajo exige rigurosidad; cada decisión que tomo tiene una razón o explicación. Mis clientes esperan de mí no solo que justifique mis decisiones sino que, cuando traduzca, corrija o edite, emplee un lenguaje idóneo. Por idóneo se entiende aquello que es conveniente y  recomendable de acuerdo al contexto de la comunicación, al registro y ámbito en el que se formulan lo textos. Generalmente mis decisiones se apoyan en la norma. Esto lo encontramos en las gramáticas, diccionarios y manuales de redacción y estilo; en las diversas publicaciones de la Asociación de Academias, organismo que recoge y transmite los hábitos lingüísticos de los hispanohablantes cultos. También tenemos a nuestra disposición distintos corpus lingüísticos (Corpus David, Ngrams, CREA), colecciones de millones de palabras que nos indican el estado actual de la lengua, y que a mi parecer resultan más útiles que las obras de referencia tradicionales.

En mi profesión, pues, he seguido la norma culta, a sabiendas de que no es la única forma correcta de escribir o de expresarse. No he tenido la oportunidad de trabajar con guiones audiovisuales ni otro tipo de textos en los que los criterios de aceptabilidad no coinciden necesariamente con los de la norma escrita. Las convenciones de la lengua conforman un sistema cultural importante, producto de un consenso que tiene el objetivo de “preservar la eficacia de la lengua como instrumento de comunicación.”[1] Trabajar con el lenguaje exige el conocimiento de estas convenciones y estar al tanto de los cambios que se producen. Sin embargo, no las sigo a ciegas, y no dudo un segundo en sacrificar una convención si el texto gana en naturalidad y fluidez.

Mi pasión por el lenguaje me hace pensar en las palabras con la actitud del lingüista que observa, analiza y se hace preguntas sin emitir juicios de valor. El ejercicio de mi profesión, que afortunadamente se alimenta de esta pasión, me exige, en cambio, adoptar la postura del que debe elegir y recomendar usos “comúnmente aceptados” del español escrito. En mi tiempo libre, enfoque descriptivo. Cuando trabajo, enfoque prescriptivo. Mi síndrome lingüístico a lo doctor Jekyll y míster Hyde

[1] http://www.rae.es/diccionario-panhispanico-de-dudas/que-es

 

 

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